La multitarea al estudiar aparece en escenas cotidianas de la vida universitaria: lees un artículo, respondes un mensaje, revisas una notificación y vuelves al documento. Al regresar, tienes que buscar la línea en la que estabas y recordar qué intentaba explicar el autor.

La interrupción pudo durar poco. Aun así, recuperar el sentido de la lectura exige un esfuerzo adicional.

La psicología cognitiva estudia este fenómeno mediante conceptos como la atención, el control ejecutivo y el costo de cambiar de tarea. Comprenderlo ayuda a observar con más cuidado cómo distribuimos nuestro tiempo de estudio.

Reorientarse también forma parte del trabajo mental

El costo de cambiar de tarea se refiere a las diferencias de desempeño que pueden aparecer al pasar de una actividad a otra, frente a continuar con la misma. En investigaciones experimentales suele examinarse mediante medidas como el tiempo de respuesta y los errores.

En la vida universitaria podemos reconocer una situación parecida cuando interrumpimos un análisis para atender una conversación y después intentamos retomarlo.

Para continuar, necesitamos recuperar el objetivo, recordar lo que ya habíamos revisado y decidir cuál era el siguiente paso.

No todas las transiciones exigen lo mismo. Cambiar entre actividades sencillas y conocidas puede ser diferente de alternar entre tareas complejas que requieren interpretar información nueva.

El tiempo frente a la pantalla puede incluir muchas actividades

Imagina que tienes que escribir un ensayo. Abres la lectura, identificas una idea y comienzas un párrafo. Llega un mensaje del equipo de otra materia y lo respondes. Después consultas una fecha y terminas revisando una publicación.

Cuando vuelves al ensayo, relees lo último que escribiste. Quieres comprobar si la idea estaba completa y qué argumento pensabas desarrollar después.

Al terminar la tarde, puedes sentir que estudiaste durante horas. Sin embargo, ese periodo incluyó escritura, conversaciones, búsquedas y varios intentos de recuperar el hilo.

Observar esas transiciones permite describir mejor lo ocurrido. La sensación de haber trabajado mucho puede coexistir con avances menores a los esperados.

Tener varias actividades abiertas genera una impresión de continuidad

En una computadora puedes mantener un documento, una videollamada y una conversación disponibles a la vez. Esa facilidad técnica hace sencillo pasar de una actividad a otra.

Pero la disponibilidad de las ventanas no explica por sí sola cómo estás procesando su contenido.

Para observarlo, piensa en una clase donde aparece un concepto nuevo mientras redactas una respuesta extensa en el celular. Después podrías recordar que el docente continuó hablando, aunque te resulte difícil reconstruir su explicación.

Conviene examinar qué actividades compiten por tu atención y qué nivel de comprensión necesitas en cada una. Una tarea rutinaria puede plantear exigencias distintas a interpretar una lectura desconocida.

Las exigencias de las actividades cambian

No todas las combinaciones producen la misma interferencia. La familiaridad, la dificultad y los recursos que requieren las tareas influyen en lo que ocurre.

Por eso, una afirmación como “nadie puede hacer dos cosas a la vez” resulta demasiado general.

La pregunta más útil es qué sucede cuando intentas combinar esas actividades específicas. ¿Necesitas releer? ¿Pierdes instrucciones? ¿Cometes errores que después debes corregir? ¿Puedes explicar lo que acabas de revisar?

Estas observaciones ofrecen información más concreta que la impresión de sentirse ocupado.

Comparar dos momentos de trabajo

Puedes realizar una pequeña observación personal durante una semana:

  1. Elige una tarea concreta, como leer un apartado y redactar sus ideas principales.
  2. Registra cuánto tiempo trabajaste y qué interrupciones aparecieron.
  3. En otro momento, realiza una actividad semejante con menos fuentes de interrupción.
  4. Compara lo que pudiste terminar y las dificultades que encontraste.

Las tareas nunca serán idénticas y pueden influir otros factores. Este ejercicio no mide tu capacidad de atención ni permite obtener un diagnóstico.

Su propósito es ayudarte a reconocer hábitos: cuándo consultas el teléfono, qué situaciones interrumpen tu trabajo y cuánto te cuesta volver.

Definir una tarea que tenga un final reconocible

“Estudiar toda la tarde” deja abierto qué necesitas lograr. En cambio, “leer este apartado y escribir dos preguntas” permite reconocer el avance.

Antes de comenzar, prepara los materiales y decide qué herramientas utilizarás. Si el teléfono es necesario para consultar un recurso, identifica cuál y para qué lo necesitas.

También puedes anotar pendientes que surjan durante el trabajo. Así tendrás un lugar donde registrarlos y decidir después cuándo atenderlos.

La organización puede ajustarse a tus condiciones. Compartir espacios, trabajar y estudiar o tener responsabilidades familiares influye en las posibilidades de cada persona.

Dejar una pista para regresar

Algunas interrupciones son necesarias. Puedes facilitar el regreso escribiendo una nota breve antes de cambiar de actividad:

“Ya expliqué el primer argumento. Falta relacionarlo con el ejemplo del segundo apartado”.

Esa indicación conserva el punto en el que estabas y la siguiente acción prevista.

También puedes cerrar una unidad pequeña de trabajo antes de atender otra cuestión: terminar un párrafo, guardar una referencia o marcar una duda.

Son formas de organizar el proceso que puedes probar y ajustar según la tarea.

Describir lo que ocurre antes de sacar conclusiones

Observar cómo estudiamos permite formular preguntas sobre la atención, el aprendizaje y nuestros hábitos cotidianos. Reconocer cuándo perdemos el hilo de una lectura y qué necesitamos para retomarla puede ayudarnos a organizar mejor el trabajo universitario.

Si te interesa profundizar en el estudio del comportamiento humano y los procesos psicológicos, puedes conocer la propuesta académica de la Licenciatura en Psicología Clínica de la Universidad Loyola de América.